21 de agosto de 2012

EL APOGEO DE LAS FALACIAS



La verdad, tan delicada y susceptible, se halla en peligro de extinción. Ha sido aislada, enfrascada y etiquetada en frágiles recipientes con el afán de estudiársele mejor, de conservarle intacta. Aquellos de bata blanca, que antes solían usar togas, le han centrifugado, pellizcado, agregado y quitado sustancias a la fórmula primigenia alterando así sus componentes y propiedades, de los cuales de por sí ya carecía. Le han manipulado con el simple propósito de hacerla traslúcida y clara, o bien, perceptible al concepto humano, algo que pudiesen definir. Ese pobre concepto abstracto, ahora escaso, ha sido perseguido por cuestiones existenciales que el hombre se ha planteado desde que tiene conciencia. En su intento de escape, ante tal persecución, nos han quedado tan solo los restos, fósiles enterrados bajo desiertos carentes de vida, en donde los rayos del sol caen exhaustos sobre la arena. Ya no la respiramos. Nos hemos vuelto incapaces de digerirla en su estado puro. Nos arde la garganta de tan solo probarla en minuciosas cucharadas. En su lugar, hipócritamente, nos hemos acostumbrado a tragar mentiras. Renegamos de ellas mientras las masticamos con placer. Éstas, siendo elásticas, se expanden a nuestra conveniencia, se ajustan a nuestras necesidades. La mentira, prolifera cual plaga vertida de nuestras bocas y se adapta para poder sobrevivir hasta en los lugares más inhóspitos. Elige por guarida los cimientos donde la clarividencia y la erudición han forjado raíces, ahí hacen sus nidos y copulan sin descanso, se nutren del interior de esas virtudes excretando a cambio miseria e ignorancia.

Apetecemos de la mentira por placer, ya que nos hace la realidad más tolerable. Nos seduce a elaborarla y darla a conocer. No se le puede juzgar, puesto que la norma moral y nosotros mismos hemos sido forjados en base a ella. Le hemos dado suficiente poder que ahora somos siervos de varias de sus extensiones. Es omnipresente, omnipotente y deiforme. Da poder y lo quita arbitrariamente. Da vida y mata sin compasión. Suele ser imperceptible, confundida o simplemente ignorada y, para cuando es descubierta, defendida por los ciegos y carentes de razón. Tal es su poder que incluso estas palabras podrían representar una falacia.



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