15 de agosto de 2012

Amor...



Amor, aquel que se presenta a nuestros ojos con aires de grandeza, adornado con encajes hedonistas y pomposas sutilezas de franca sensibilidad cuyas alas prometen el vuelo y sus ojos un confiable resguardo a todo corazón capaz de entregarse por completo. Amor, aquel que se perfuma con cierto aroma afrodisíaco y nos seduce con su delicadeza inmutable que se exterioriza en formas complacientes a la contemplación. Aquel que limita a la objetividad por medio de la distracción y nos envuelve, a los débiles y ciegos, en su manto de ignorancia, una ignorancia que se hace llamar erudición subjetiva y nos encamina hacia la perdición. Ese, que en su tiempo solía llamarse Eros, aún ahora nos agobia con su existente ser. Ese ser adquiere un valor nulo, a menos que sea juzgado por Anteros, su hermano. Sin ese juicio, sin ese lazo que los sujete a ambos, el amor culmina su acto en el escenario sudando gotas amargas y frías, derramando sangre sobre el pavimento, escribiendo en el aire, con movimientos oscos, un réquiem audible únicamente en silencio; abandona el escenario escupiendo, en los rostros de los espectadores, con antipatía, con desdén y con odio a medio desbordar. En los mejores casos, abandona sin mirar atrás, o simplemente brindando una mirada seca, fría, cual noche en el desierto; vanagloriándose de una victoria lograda por haber obtenido más de lo que merecía o agachando la cabeza, con vergüenza, disimulando su vana osadía. En los peores casos culmina con un viaje directo al Hades, en ocasiones, llevándose consigo a los involucrados en el acto.


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