La verdad, tan
delicada y susceptible, se halla en peligro de extinción. Ha sido aislada,
enfrascada y etiquetada en frágiles recipientes con el afán de estudiársele
mejor, de conservarle intacta. Aquellos de bata blanca, que antes solían usar
togas, le han centrifugado, pellizcado, agregado y quitado sustancias a la
fórmula primigenia alterando así sus componentes y propiedades, de los cuales
de por sí ya carecía. Le han manipulado con el simple propósito de hacerla
traslúcida y clara, o bien, perceptible al concepto humano, algo que pudiesen
definir. Ese pobre concepto abstracto, ahora escaso, ha sido perseguido por
cuestiones existenciales que el hombre se ha planteado desde que tiene
conciencia. En su intento de escape, ante tal persecución, nos han quedado tan
solo los restos, fósiles enterrados bajo desiertos carentes de vida, en donde
los rayos del sol caen exhaustos sobre la arena. Ya no la respiramos. Nos hemos
vuelto incapaces de digerirla en su estado puro. Nos arde la garganta de tan
solo probarla en minuciosas cucharadas. En su lugar, hipócritamente, nos hemos
acostumbrado a tragar mentiras. Renegamos de ellas mientras las masticamos con
placer. Éstas, siendo elásticas, se expanden a nuestra conveniencia, se ajustan
a nuestras necesidades. La mentira, prolifera cual plaga vertida de nuestras
bocas y se adapta para poder sobrevivir hasta en los lugares más inhóspitos. Elige
por guarida los cimientos donde la clarividencia y la erudición han forjado
raíces, ahí hacen sus nidos y copulan sin descanso, se nutren del interior de
esas virtudes excretando a cambio miseria e ignorancia.
Apetecemos de la
mentira por placer, ya que nos hace la realidad más tolerable. Nos seduce a
elaborarla y darla a conocer. No se le puede juzgar, puesto que la norma moral y
nosotros mismos hemos sido forjados en base a ella. Le hemos dado suficiente
poder que ahora somos siervos de varias de sus extensiones. Es omnipresente,
omnipotente y deiforme. Da poder y lo quita arbitrariamente. Da vida y mata sin
compasión. Suele ser imperceptible, confundida o simplemente ignorada y, para
cuando es descubierta, defendida por los ciegos y carentes de razón. Tal es su
poder que incluso estas palabras podrían representar una falacia.

