23 de septiembre de 2012

Autorretrato




Esta mirada profunda, naríz aquileña y el rostro demacrado a tan corta edad, son sólo un bocadillo de lo mucho que hay por mostrar. Por sentencia existencial me fue inscrito en los genes esa bipolaridad emocional que me fastidia y al mismo tiempo me fascina. Soy tan sólo soy un hombre indignado por no haber sido concebido como un animal y aún así abundar en instintos. Orgulloso de pertenecer al género masculino y tener tanta debilidad por las mujeres. Enamoradizo en mi soltería pero leal en cuestiones más formales. Tengo por defecto ser un romántico empedernido, el cual pierdo proporcionalmente con el paso de los años.
Exagero en ambiciones intelectuales. Quiero saberlo todo y pertenecer en un futuro no muy lejano a aquellos grandes hombres que han logrado cambiar el curso del pensamiento. Soy todo un mar de contradicciones. Busco trascender mientras vivo plagado de trivialidades. Amo lo abstracto, aquello que implique, para su entendimiento, el uso de la razón. Inundado de imaginación y creatividad, me deleito al sumergirme en el mundo del arte indiscriminadamente.
Carezco de paciencia para mantener un itinerario sin antes aburrirme de la monotonía. Amante de la lluvia y las noches silenciosas; soy un animal nocturno con aspecto de ser humano. Enmascarado en una sociedad plagada de hipocresía, trato de mostrar la cara más agradable incluso frente el espejo. Maestro de la farsa y la mentira, instruido con el ejemplo, me disfrazo acorde a la ocasión.
Competitivo en todo momento, trato de dejar atrás a cualquier rival, sobre todo si compito contra mí mismo. Pienso antes de actuar y me lamento si dicho ritual no lo sigo al pie de la letra. Adopto lenguas extranjeras sin dejar de amar el español por su vil complejidad. Loco por virtud y ególatra por necesidad, odio los estereotipos y reniego de las etiquetas sociales. Temerario, intuitivo, espontáneo, soñador, sensible por conveniencia y carente de atractivo alguno. Tengo más miedo de la vida misma que de la misteriosa muerte. Soy un hombre que, a diferencia de los demás, no busca la felicidad, sino hacer de esta vida algo que resulte interesante y significativo. Símplemtente soy “yo”, algo que nadie podrá comprender por no estar en mis zapatos. Un enigma incluso para mí mismo.

21 de agosto de 2012

EL APOGEO DE LAS FALACIAS



La verdad, tan delicada y susceptible, se halla en peligro de extinción. Ha sido aislada, enfrascada y etiquetada en frágiles recipientes con el afán de estudiársele mejor, de conservarle intacta. Aquellos de bata blanca, que antes solían usar togas, le han centrifugado, pellizcado, agregado y quitado sustancias a la fórmula primigenia alterando así sus componentes y propiedades, de los cuales de por sí ya carecía. Le han manipulado con el simple propósito de hacerla traslúcida y clara, o bien, perceptible al concepto humano, algo que pudiesen definir. Ese pobre concepto abstracto, ahora escaso, ha sido perseguido por cuestiones existenciales que el hombre se ha planteado desde que tiene conciencia. En su intento de escape, ante tal persecución, nos han quedado tan solo los restos, fósiles enterrados bajo desiertos carentes de vida, en donde los rayos del sol caen exhaustos sobre la arena. Ya no la respiramos. Nos hemos vuelto incapaces de digerirla en su estado puro. Nos arde la garganta de tan solo probarla en minuciosas cucharadas. En su lugar, hipócritamente, nos hemos acostumbrado a tragar mentiras. Renegamos de ellas mientras las masticamos con placer. Éstas, siendo elásticas, se expanden a nuestra conveniencia, se ajustan a nuestras necesidades. La mentira, prolifera cual plaga vertida de nuestras bocas y se adapta para poder sobrevivir hasta en los lugares más inhóspitos. Elige por guarida los cimientos donde la clarividencia y la erudición han forjado raíces, ahí hacen sus nidos y copulan sin descanso, se nutren del interior de esas virtudes excretando a cambio miseria e ignorancia.

Apetecemos de la mentira por placer, ya que nos hace la realidad más tolerable. Nos seduce a elaborarla y darla a conocer. No se le puede juzgar, puesto que la norma moral y nosotros mismos hemos sido forjados en base a ella. Le hemos dado suficiente poder que ahora somos siervos de varias de sus extensiones. Es omnipresente, omnipotente y deiforme. Da poder y lo quita arbitrariamente. Da vida y mata sin compasión. Suele ser imperceptible, confundida o simplemente ignorada y, para cuando es descubierta, defendida por los ciegos y carentes de razón. Tal es su poder que incluso estas palabras podrían representar una falacia.



15 de agosto de 2012

Adicción de la nueva era



SEXO... ¿Acto deliberado de la humanidad para preservarse a si misma? 
Seamos realistas, las cosas no son así. El sexo hoy en día es solo un exquisito placer del 
que gustamos de disfrutar, la procreación se ha convertido para muchos en eufemismo de
"un grave error"...



Desafortunado amor




Desprovisto de armas me vi enfrentándome
a un enemigo más fuerte que yo, desafortunado
mi destino hizo al viento soplar en mi contra
con vil fuerza capaz de tumbar un elefante,
despojado de mis virtudes me vi forzado a,
como terrible hombre, actuar por la fuerza.

Por desgracia, cual Aquiles, con una sola flecha
me vi derribado, incapaz para ponerme de pie;
terrible mi fortuna por quererme ver derrotado
tan facilmente, sobre todo frente a Eros quien
ha logrado finarme aventajado por la llagas,
que antes, con o sin Anteros, plasmó en piel...







Amor...



Amor, aquel que se presenta a nuestros ojos con aires de grandeza, adornado con encajes hedonistas y pomposas sutilezas de franca sensibilidad cuyas alas prometen el vuelo y sus ojos un confiable resguardo a todo corazón capaz de entregarse por completo. Amor, aquel que se perfuma con cierto aroma afrodisíaco y nos seduce con su delicadeza inmutable que se exterioriza en formas complacientes a la contemplación. Aquel que limita a la objetividad por medio de la distracción y nos envuelve, a los débiles y ciegos, en su manto de ignorancia, una ignorancia que se hace llamar erudición subjetiva y nos encamina hacia la perdición. Ese, que en su tiempo solía llamarse Eros, aún ahora nos agobia con su existente ser. Ese ser adquiere un valor nulo, a menos que sea juzgado por Anteros, su hermano. Sin ese juicio, sin ese lazo que los sujete a ambos, el amor culmina su acto en el escenario sudando gotas amargas y frías, derramando sangre sobre el pavimento, escribiendo en el aire, con movimientos oscos, un réquiem audible únicamente en silencio; abandona el escenario escupiendo, en los rostros de los espectadores, con antipatía, con desdén y con odio a medio desbordar. En los mejores casos, abandona sin mirar atrás, o simplemente brindando una mirada seca, fría, cual noche en el desierto; vanagloriándose de una victoria lograda por haber obtenido más de lo que merecía o agachando la cabeza, con vergüenza, disimulando su vana osadía. En los peores casos culmina con un viaje directo al Hades, en ocasiones, llevándose consigo a los involucrados en el acto.