Era claro que sus hijos y nietos le
adoraban con tal devoción. Era un gran hombre, había logrado mucho a lo largo
de su vida como escritor. Aunque por igual había sido de un alma inquieta en busca
de actividad laboral, sin importarle cualquiera que esta fuese. Sin embargo, ya
no se encontraba en condiciones de ejercer en casi ninguna otra cosa que no
consistiera en asistir a conferencias y realizar borradores de novelas cortas y
unos cuantos poemas. Amaba su vocación de escritor más que nada en el mundo,
incluso más que a su propia familia. Era claro que sus amigos, esposa, hijos y
nietos le adoraban incondicionalmente, a pesar de su obvio rechazo y majaderías
que recibían, por parte de Juan José, a cambio de su amor. Entre todos se
habían puesto de acuerdo para comprarle un departamento de esos que tanto añoró
Juan José en sus años mozos, o al menos algo mejorcito según su juicio. Para su
agrado, lograron conseguir un pent-house en uno de los edificios más altos de
Guadalajara, con unos ciento cinco metros de altura, en el Condominio
Guadalajara, construido en 1963. Tenía una vista panorámica más que perfecta de
toda la ciudad, incluso se lograba ver más allá de los horizontes que la
delimitaban. El lugar ideal para celebrarle sus, ya muy próximos, ochenta y
tres años de edad. En menos de una semana, apresurándose por tenerlo listo para
el momento propicio, acondicionaron el pent-house con muebles y detalles personalizados
a manera de dejar, cada uno de ellos, huella en el lugar para que, cuando lo
habitara Juan José, se acordara de ellos a cada instante y se sintiera rodeado
y acogido, a su manera materialista de ver las cosas, por los que lo estimaban.
Juan José fue llevado con los ojos
vendados, con mucha delicadeza. Él tan sólo sentía los ligeros giros que daba
el vehículo en el que lo transportaban, se estaba exasperando, le dolía la
cabeza. Finalmente se habían detenido, él respiraba con mayor agitación, se
encontraba mareado y con nauseas. En él era algo natural a causa de su
hidrocefalia que padecía desde hace poco más de tres años, por ello, sus tres
hijos que lo acompañaban no se inmutaban puesto que ya estaban acostumbrados a
esa clase de achaques. Bajaron del vehículo y se dirigieron a la puerta
principal del condominio. Cuidando que cada paso, que Juan José diera, fuera
seguro lo direccionaron al elevador y comenzaron a subir. Juan José contó los
segundos que tardó el elevador en llegar a su destino y se percató de que eran
demasiados los pisos que ascendían, la cuenta llegó más allá de los doscientos
cuando finalmente se detuvo. Los oídos le zumbaban, su dolor de cabeza se había
agudizado un poco y se comenzó a quejar. Ellos, creyendo en la normalidad de
esa clase de dolores, debido a su estado de salud, tan sólo le callaban
diciéndole: –Tranquilo papá, ya hemos llegado, sólo unos pasos más-. Se
detuvieron frente a una puerta blanca con la numeración 2601. Juan José fue
conducido al interior, aún con los ojos vendados. Oye que cierran la puerta, se
queda quieto y se lleva la mano a la cara tratando de quitarse la venda con
desesperación –Ya me cansé de este tonto juego, que carajos…- y justo ahí,
frente a sus ojos un tanto resecos, veía a sus familiares y amigos reunidos en
un gran pent-house, como aquellos que alguna vez tanto deseó. – ¡Feliz
cumpleaños!- Cada uno de los ahí presentes le abrazaban y le besaban las
mejillas, arrugadas por la edad. –Esto, es un regalo de parte de todos nosotros.
Es tuyo, como siempre lo deseaste.- le decía su esposa con un semblante, igual
que el de todos los demás, lleno de felicidad. Él permanecía en silencio y con
la boca entreabierta, una cara de asombro y estupefacción. Le dolía la cabeza,
los oídos le zumbaban y aún sentía las nauseas que le había ocasionado el viaje
en automóvil. Sentía muy en el fondo una cierta alegría y nostalgia por ver a
todos aquellos entes reunidos. Lo que le exasperaba era que él fuese el motivo
de dicha reunión, el día y, sobre todo, el lugar. Se sentía subestimado,
frustrado. Ése era su sueño: el conseguir con sus esfuerzos y trabajo arduo, un
apartamento igual a aquel. Le molestaba de sobremanera haberlo obtenido como
regalo de cumpleaños. Sin embargo, no podía hacer nada, no era el momento para
decirlo y aquella furia la contuvo y albergó en lo profundo. Se colocó una
lúcida máscara. Se dibujó trabajosamente una sonrisa en su rostro, mientras que
de sus ojos rodaban lágrimas que no significaban lo mismo que habían creído los
presentes.
Todos se habían marchado, claro, todos
menos su esposa que se había ido a descansar sobre su lecho. Eran ya pasadas de
las una de la madrugada, el desorden ya para entonces había sido recogido. Él
aún no tenía sueño, por lo que decidió recorrer el apartamento con los pies
descalzos. La duela crujía a cada paso que daba. En su camino a la cocina logró
ver un par de cucarachas pequeñas escabullirse por debajo del refrigerador, más
no prestó atención a ese detalle. De la alacena sacó una botella de escocés y un
vaso de cristal. Culminó su recorrido, con la botella y vaso en mano, en un
sillón reclinable. Recorrió con sus ojos el lugar, mueble por mueble, mientras
tomaba pequeños sorbos de su escocés en las rocas, y finalmente posó su mirada
sobre un tablero de ajedrez que se encontraba en una mesa de centro. Se acercó
a él y comenzó a jugar. Las figurillas tenían un detalle excepcional, las
blancas eran de cuarzo y las negras de plata. De su rostro no se borraba
aquella lúcida sonrisa que le provocaba el jugar, aquel, su juego preferido. Así
pasó largo tiempo sin percatarse de la hora, el reloj marcaba las cuatro de la
mañana. Se sentía ya cansado, mareado y embrutecido por la media botella de
escocés que había bebido para entonces. Miró hacia la recámara donde se
encontraba su esposa, con una pierna desnuda fuera de las cobijas. Observó
fijamente aquella porción de su cuerpo que en su juventud le habían provocado
excitación al igual que todo su ser, pero que ahora ya no le apetecía en nada,
le parecía incluso desagradable a la vista, nauseabundo. Esas piernas ahora se
encontraban raquíticas, varicosas, arrugadas. El hambre de carne que alguna vez
había tenido, aquel feroz voraz, se había apaciguado a falta de colmillo para
masticar, y una carne fresca que le despertara el apetito. Teniendo un mismo
hueso por roer, durante largos años, el sabor de éste se había esfumado,
comenzaba a oler a putrefacción. Dio un pequeño gruñido, se levantó con
dificultad y se fue a acostar.
Un par de meses después, sus dolores
de cabeza, problemas de oído, nauseas y mareos, se habían agravado. Se sentía
mayormente irritable. Su esposa había optado por regresar a vivir con sus hijos
a causa de los problemas que estaban teniendo por el temperamento de Juan José.
Él era terco, se negaba a ir al doctor, prefería quedarse en su apartamento
jugando ajedrez y bebiendo botellas enteras de escocés. Las cucarachas se
habían propagado, ahora eran de mayor tamaño. Al principio le daba asco el
crujir de aquella plaga al pisotearlas, por lo que solía aventarlas por la
ventana con un pedazo de papel o algo que tuviese a la mano y que le sirviese
para tal proyecto. Sin embargo, se percató que después de haber usado su pie
como molcajete contra el piso para matar a unos pares de ellas había adquirido
cierta indiferencia ante esa repulsiva actividad e incluso le había agarrado el
gusto. Por ello, en ocasiones se le veía bailando, con su mirada puesta en el
piso, tratando de aniquilar a los inmundos animalejos que se movían con gran
agilidad. Por otra parte, no tenía límites para sus vicios. Con la gran
cantidad de dinero que mantenía en sus cuentas de ahorros, compraba, junto con
su despensa de la semana, de entre dos a cinco botellas de escocés. Su mundo ya
era otro. Su perspectiva de las cosas había cambiado un poco, alucinaba. Cuando
salía, no veía una ciudad sino un zoológico lleno de animales repulsivos y
salvajes. Animales que tan sólo sabían seguir sus instintos. La mayoría de
ellos eran simples cucarachas. Embriagado y trastornado salía a la calle gritándoles
a dichos animales, tratándoles de hacerles entender sobre su deplorable
situación, advirtiéndoles que alguien más grande estaba a punto de aplastarles,
de exterminarles. Usaba en sus discursos ese sentido metafórico que lo
caracterizaba en sus escritos. Imploraba que le escucharan, que hicieran algo,
que se refugiaran en sus nidos, que huyeran de aquellos gigantes que estaban a
punto de aplastarles. Nadie le hacía caso, se reían de él, le tomaban por loco.
Regresaba entonces a su apartamento lleno de ira, rompía cuanta cosa tuviese a
la mano y terminaba por recostarse en su cama, con un gran dolor de cabeza,
hasta que finalmente lograba dormirse.
Un día, los elevadores se habían
descompuesto, aparentemente por problemas con el sistema eléctrico. Si quería
salir, tenía que usar las escaleras. Sin siquiera estar alcoholizado su mundo
seguía siendo el mismo, lleno de animales en las afueras. Tenía que
advertirles, no podía quedarse con los brazos cruzados. Se sentía en la
necesidad de hacer algo, puesto que era el único que sabía sobre el peligro que
se avecinaba y, tal como lo hizo Zaratustra, descendió de su exilio por amor a
los hombres para que le escucharan nuevamente. El descenso de dicha torre
habitacional no le causó mucho problema. Sin embargo, le había tomado cuarenta
minutos aproximadamente el llegar a la planta baja. Por lo pronto, él iba
discutiendo consigo mismo, refunfuñando, pensando, tomando grandes respiros
entre piso y piso. Dio por tres horas gritos en el cielo, al aire, ya todos lo
ignoraban, y más aún, gritaba con más fuerza -¡Todos ustedes serán aplastados
por algún gigante, huyan, escapen mientras puedan, escóndanse!-. Finalmente un
policía se acercó a calmarle, un desagradable tiburón que andaba sobre su
aleta, mostraba sus mandíbulas, sudaba como cerdo y exhalaba azufre de su
hocico. Juan José se resistió a sus intentos de prenderle con sus mandíbulas,
comenzó a correr sin siquiera mirar atrás. Su corazón empezó a acelerarse y su
respiración era más agitada. Logró llegar al portón de la torre residencial y
se la cerró, a dicho policía que venía tras de él, en la cara. En eso, a través
del portón de vidrio le gritó: -Tú, que osas arremeter en contra mía
queriéndome coger con tus mandíbulas, en tierra y rodeado de aire no lograrás
ser más veloz que yo. ¿No te das cuenta que tan sólo eres un peón dentro de
éste tablero de ajedrez? Crees actuar por convicción propia y por tu país, pero
terminarás siendo parte importante dentro de la perdición de todos estos seres
a quienes sirves y sin los cuales no vivirías. La cadena alimenticia se
perderá, morirás de hambre, sobre todo si comes de la mano de aquellos simios
que te han de capturar para guardarte en un deplorable parque acuático, para su
propia diversión; o, de pura suerte, terminar enlatado para nutrirles y
llenarles las barrigas-. Se dio la media vuelta y comenzó a subir las escaleras
sin prestar atención a las advertencias del policía. De vuelta en aquel largo
ascenso por dichas escaleras, se hallaba un poco más aliviado de su furia que
había contenido por largo tiempo y que por fin había podido expulsar. Sin
embargo el temor por aquellos seres en peligro de extinción le mantenía aún un
poco intranquilo. Sabía que no podía volver allá afuera, porque el tiburón le
seguiría esperando con las mandíbulas acechando. Optó por continuar con su
camino hacia su refugio en las alturas, en el piso 26. Los primeros cinco pisos
le parecieron tolerables, aunque su respiración, que ya se encontraba
acelerada, comenzaba a ser más intensa, tomando rápidas y cortas bocanadas de
aire para llenar sus pulmones un tanto exhaustos. En el décimo piso su corazón
latía con tal rapidez que no vio otra opción más que detenerse a reposar,
mientras tanto en su cabeza rondaban toda clase de ideas y pensamientos, agobios,
frustraciones y emociones. Estaba sudando de la frente, las manos le temblaban.
En el piso catorceavo su dolor de cabeza se había agravado junto con los males
antes presentados, sólo que optó por no detenerse y continuar escalando. Para
el piso diecisieteavo ya se había aprendido la cantidad de escalones que tenía
cada piso y ahora, el llegar al final de la escalera, los escalones le
apetecían de mayor tamaño, lejanos uno del otro. En el piso diecinueve se
volvió a detener, sentía que su corazón estaba a punto de explotar, al igual
que su cabeza. Había vuelto ese zumbido a los oídos que no había sentido desde
hace ya algún tiempo. Su boca estaba seca, sus pies hinchados, las venas inflamadas
y respiraba con mayor dificultad. Inclusive, el respirar le dolía. Sentía
nauseas y las manos le temblaban a tal grado que su medicamento, que guardaba
en uno de sus bolsillos del saco que vestía, lo había tirado tratándoselo de
llevar a la boca , viendo cómo rodaba por las escaleras piso por piso hasta
perderlas de vista. Trató de gritar por auxilio, pero de su garganta sólo surgían
sonidos casi mudos. De cualquier manera sabía que resultaría inútil gritar,
porque, quién se detendría de sus actividades cotidianas para atenderle. Si no
se detenían jamás a escucharle sus advertencias sobre el peligro que les
profetizaba, menos iban a suspender sus monótonas vidas y de mayor importancia,
por ayudar a un viejo moribundo a quien despreciaban e ignoraban, a un loco.
«Tal vez ese es su plan. Quieren verme muerto, quieren dejar de escuchar mis
advertencias, no les interesan siquiera. Quizá, de igual manera, eso fue lo que
habían deseado desde un principio mis “amigos”, mi propia familia. Soy tan sólo
un viejo loco, un estorbo. De no ser
porque sigo vivo, se encontrarían ya disputando la herencia y los bienes
materiales que dejaría por detrás, en éste mundo tan materialista y efímero.
Por ello me compraron este apartamento, este amplio espacio asemejado a un
manicomio. Sabían que estaba loco, querían verme brincar desde esa altura para
cerciorarse de que verdaderamente muriera al impactarme contra el pavimento.
Tal vez mandaron a sabotear las conexiones eléctricas para verme rodar por
estas escaleras o verme morir tratando de subir por ellas de regreso a ese
último piso, esa prisión elevada. Que ingenuo fui al aceptar éste obsequio, mi
perdición, donde habita la muerte vestida de traición e hipocresía… ¡No! Pero
qué demonios es lo que estoy pensando. Ellos no serían capaces de hacerme eso.
Ellos en verdad me aman, sabían que eso era lo que yo deseaba desde hace ya
mucho tiempo y me lo obsequiaron por amor, de todo corazón, como un gesto de
cariño… Sabían que lo deseaba, sí, que lo quería ganar con mi propio esfuerzo y
dedicación. Ellos lo que querían era fastidiarme, hacerme entender que ellos sí
lograban obtener lo que yo, a lo largo de mi vida, no logré. Deseaban
restregármelo en mi cara y regalármelo diciéndome con ello que no significaba
nada para ellos, que podían obtener eso y mucho más. Querían que mi frustración
fuese mayor, querían fastidiarme y ver mi reacción. Ver a un pobre anciano,
ingenuo, que aceptaba aquello como pago a cambio de su vida. Entonces, para qué
me quieren muerto. Sino es por el dinero, qué los incitará. ¿Tan sólo mi
instigante existencia, mis quejidos que suelo espetar a causa de los dolores
que me provocan mis achaques? Dios mío, dime: ¿en qué he fallado como persona
para que me desee esto mi propia familia?» Se volvió a poner de pie con
dificultad y continuó su ascenso cabizbajo. Piso veinte… veintiuno… veintidós…
veintitrés… veinticuatro. Su visión para entonces se había nublado, no lograba
distinguir el siguiente peldaño. Sus piernas le dolían al igual que todo su
ser. Deseaba caer muerto ahí. Deseaba cumplir con el deseo de todos los demás,
perecer.
Brindis, risas, charlas ambiguas y
música de fondo, un flamenco divino. Luces, ni muy intensas ni muy tenues, que
desprendían aquellos candelabros. Botellas de vino, escocés, tequila, mezcal,
aguardiente, ron, anís y muchas bebidas más se perfilaban en los aparadores.
Cuatro enormes barricas de cerveza y un cantinero canoso, que se ocupaba de
servir con certeza los tragos de los ahí presentes. Un par de meseros,
uniformados, que iban de un lado a otro con entera tranquilidad, llevando en la
charola que balanceaban sobre su mano izquierda, copas, vasos de todos tipos y
tamaños, caballitos y demás botana que se les ofreciera al grupo de personas
que se hallaban felizmente conversando en el centro de dicha cantina. Dentro de
ese grupo se encontraba Octavio Paz, Pellicer, Villaurrutia, Rulfo, Gorostiza y
López Velarde. No los reconoció al instante sino cuando fue mirando sus rostros
al momento que estos asomaban la mirada para verle a él. Villaurrutia se puso
de pie y se le aproximó recibiéndole con una gran sonrisa y un fuerte abrazo
–Querido amigo, pensé que te iba a tomar más tiempo el llegar, menos mal que ya
estás aquí. Nos dejaste esperando por mucho. Pobre de Velarde, de tanto que
lleva esperándonos ya se ha puesto hasta las chanclas y Paz, Rulfo y tú, como
de costumbre tan impuntuales. Pero eso no importa, esta vida es para
disfrutarla. Ven, te invito un trago, cuéntanos cómo te ha ido. Estamos
ansiosos por saber de qué manera lograste llevar ese estorbo de huesos y carne
que por mucho arrastraste al igual que todos nosotros. Cómo llegaste aquí, para
empezar…- Juan José tomó asiento un tanto confundido. Ni siquiera él sabía lo
que hacía ahí. Tenía las ideas revueltas, aunque eso no le causaba ninguna
preocupación. Se encontraba en completa plenitud, alegre, liberado de todo
dolor; incluso se sentía más joven. Sus dolores de cabeza habían desaparecido y
en su rostro se dibujó una gran sonrisa. -Sólo recuerdo que me encontraba
subiendo las escaleras para llegar a mi apartamento, en el último piso de aquel
edificio. Recuerdo que me sentía agotado, con dolores en todo el cuerpo y de
todo tipo, mi dificultad para respirar, esa nausea, esos absurdos pensamientos
que tenía dando vueltas en mi cabeza, ese sentimiento de rencor…- respondía
Juan José. –Seguramente debiste de haberla pasado muy mal, lograste convertirte
en un mártir, un mártir que logrará trascender…- decía Pellicer. – ¿A qué te
refieres?- preguntó Juan José. –Lo que Pellicer quiere decir, es que los
pensamientos que tuviste estaban justificados, tus familiares habían planeado todo
eso, para verte sufrir, para verte morir de alguna manera trágica. Ese
apartamento, que te habían dado de obsequio, era el plan perfecto para que te
convirtieras en un mártir de tu propia locura, de tu testaruda forma de ser, de
tu genio intelectual. No es que fueras un estorbo para ellos, ni para nadie.
Pero velo de esta manera: ¿De qué modo le es posible conseguir el éxito y reconocimiento
soñado a un verdadero literato que a lo largo de su vida había sido ignorado
por muchos?- Todos voltearon a ver atentamente a Juan José para no perderse la
respuesta a aquella pregunta, que le había lanzado Villaurrutia, y que algunos
ya sabían. –Quizá la forma de escribir, el estilo, el mensaje guardado, el
sentido que se le dé a las palabras…- contestaba Juan José cuando de repente le
interrumpió Paz con un ademán con la mano y diciendo: -Deja tú todo eso, el
estilo, la historia, el mensaje, las palabras… al final de cuentas lo
importante es escribir. Eso lo comprendí hace mucho tiempo. Todos somos capaces
de escribir. Sí, cada quién tiene su estilo y es bien reconocido, pero nada se
reconoce más en un escritor que el encontrarse bajo tierra y a la vez en las
librerías y bibliotecas. Ahora que si el escritor sufre a lo largo de su vida y
más aún al morir, alcanza un éxito rotundo. Sin embargo, por igual, existe el
riesgo de ser olvidado pronto, les ha sucedido a muchos cuyo nombre no
recuerdo...-. Juan José se encontraba con los ojos bien abiertos, absorto,
asombrado ante tal lógica que nunca antes se había puesto a pensar, ni siquiera
como una posibilidad. En eso Villaurrutia agrega: -No es que tu familia y
amigos hayan maquinado en contra tuya por alguna razón egoísta o de desprecio,
sino por el contrario, lo hicieron para engrandecerte, por amor a ti, por
verdadero afecto, como un regalo que lo material no era capaz de ofrecerte.
Querían verte trascender. Querían que fueras recordado y reconocido por largas
generaciones…- El silencio reinó por un momento entre aquellos literatos
reunidos. Tan sólo se escuchaba el flamenco de fondo y uno que otro chocar de
copas y vasos. Juan José se encontraba ensimismado, mirando la superficie de la
mesa, tratando de asimilar todo aquello, se sentía dichoso. Rodó una lágrima de
cada ojo, pasó su mano sobre su cabello enmarañado, y brotó de sus labios una
enorme sonrisa. Los más próximos a él le miraban solemnes, mientras le ofrecían
su afecto con palmadas en los hombros. Poco después a todos se les veía brindar
y reír alegremente por la vida y la muerte. A la mañana siguiente, el 3 de
diciembre del 2001, Juan José Arreola es encontrado muerto a la puerta de su
apartamento, en el Condominio Guadalajara, con el semblante demacrado. Una
semana después de anunciada su muerte la venta de sus libros se disparaba por
las nubes y el narcotráfico adquiría un auge espeluznante, convirtiéndolo en el
gigante que aplastaría a la sociedad.
*Ésta historia es enteramente producto de mi imaginación, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia*
